Fátima y los «coles» carcelarios


Ayer estuve de paso con mi hijo en un parque del pueblo de al lado. Niños y adultos en un tótum revolútum que, lo siento, me daba más pena que alegría.

Porque se respiraba la agresividad entre las criaturas (patadas, empujones, «chívate a tu madre»), las torpes intervenciones de los adultos (cachetes, regañinas, defensas inapropiadas tipo «¡¿qué le has hecho a mi niño?!»…).

Declaro hostiles algunos parques con su fauna.


Y, ¡oh maravilla!, en medio de aquel lodazal se acercó a hablar conmigo una criatura de 10 años, Fátima, marroquí de rasgados ojos verdes y dulzura infinita. Una mezcla de esa sensatez que da ser la mayor de tres hermanos en una familia humilde y de la fantasía de querer saber si las sirenas de verdad existen.

Hablamos de tantas cosas… No hubo que tirarle de la lengua para que enseguida me contara su visión del entorno. «¿Y en el patio a qué juegas?», sugerí, con una sonrisa. «¡Yo ya tengo diez años!! ¡¡A nada!!», contestó, a medio camino entre ofendida y alucinada. Qué dolor de respuesta… Y de ahí pasó a lo triste que es que en el patio de su cole no se pueda jugar «porque no hay nada, ni un columpio ni una pelota ni nada…» y de que los niños pasen el recreo peleando, «los árabes con los árabes y los demás también». Como el día que en clase pisó sin querer a una niña y la profesora la castigó pese a sus explicaciones…
«Ojalá hubiera otro mundo que no fuera como este…», dijo. Y ella entonces sería sirena y nadaría entre corales y algas y delfines…

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Fátima, el tesoro que un martes no cualquiera me regaló la vida. Gracias.
Por Raquel Rodríguez

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