¿Hora de enterrar la etiqueta “Superdotado”? La escuela debería ser un estímulo para todos los niños.

La hija de Ron Turiello, Grace, siempre fue una niña muy despierta, incluso recién nacida. Cuando tenía unos 7 meses, se entretenía clasificando objetos: cogía el dibujo de un elefante de un libro de imágenes y lo colocaba junto a un elefante de peluche o de plástico.

A los 5 ó 6 años, mientras hacía snorkel con su familia en Hawaii, identificó correctamente a un pez que pasaba como barracuda de Heller; después, añadió: “¿Dónde están los demás? Suelen viajar en grupo.”
Con una niña tan brillante, algunos padres pensarían que sacaría buenas notas en cualquier entorno escolar y no harían mucho más. Pero Turiello estaba convencido de que su hija necesitaba un ambiente especial, en parte debido a su propia experiencia. De niño, aunque obtenía puntuaciones muy altas en los tests de inteligencia, casi abandona la secundaria. Estaba aburrido, se sentía desmotivado y se encontraba socialmente aislado.
“Lancé un puñetazo a la profesora en el segundo año de primaria porque le gustaba hacer bromas con mi vocabulario”, recuerda. “Tenía malas notas porque nunca hacía los deberes. Podría haber terminado siendo un vagabundo muy culto”.
Turiello, que ahora es abogado, y su mujer, Margaret Caruso, ayudaron a fundar una escuela privada en Sunnyvale (California), exclusivamente para niños superdotados. Se llama Helios y sus dos hijos acuden a ella. El aprendizaje en Helios se basa en proyectos; los niños se agrupan por habilidades y no por edad, y cada estudiante tiene un programa de aprendizaje individualizado. Según Turiello, las mayores ventajas para Grace, de 11 años, y su hermano Marcello, de 7, son sociales y emocionales. “No tienen que intentar ser algo que no son”, afirma Turiello. “El que puedan estar entre otros niños siendo ellos mismos puede realmente cambiar sus vidas”.
Los cálculos varían, pero muchos dicen que hay unos 3 millones de estudiantes en clases de primaria y secundaria de los Estados Unidos a los que podría considerarse superdotados o con talento. La educación que reciben es objeto de debate  nacional sobre lo que la educación pública debería ofrecer a cada niño en la era posterior a la ley estadounidense conocida como Que Ningún Niño Se Quede Atrás (No Child Left Behind).
Cuando se trata de niños superdotados, cabe formularse tres preguntas clave: ¿cómo definirlos?, ¿cómo identificarlos? y ¿cuál es el mejor servicio que podemos ofrecerles?
1. ¿Cómo definir la superdotación?
Una de las definiciones más conocidas, que data de principios de los noventa, es la de “desarrollo asincrónico”. Esto significa a grandes rasgos un estudiante cuyas capacidades mentales se desarrollan más rápido que su edad cronológica. Este concepto se corresponde con la mayoría de las famosas pruebas para niños superdotados: los tests de inteligencia. Las puntuaciones se relacionan con la edad, siendo 100 el promedio; un niño de 6 años que da respuestas características de un niño de 12 tendría un CI (coeficiente intelectual) de 200.
Pero esto conlleva algunos problemas. Ningún niño de 6 años tiene una mente totalmente idéntica a la de otro de 12 años. Puede que se le den muy bien las matemáticas, pero carecerá de bagaje cultural o control de los impulsos.
Además, los tests de inteligencia pierden validez según avanza la edad porque hay un techo más bajo en el test, especialmente para aquellos que ya obtienen puntuaciones altas. “Es como medir a una persona de 2 metros con una regla de metro y medio”, afirma Linda Silverman, psicóloga educacional y fundadora del Institute for the Study of Advanced Development (Instituto para el Estudio del Desarrollo Avanzado).
Las investigaciones recientes sobre la inteligencia restan importancia al CI por sí solo y se centran en factores sociales y emocionales.
“Las investigaciones demuestran que estos otros aspectos, como la motivación y la determinación, pueden ayudarte a obtener los mismos resultados académicos que alguien con un CI alto que carezca de ellos”, afirma Scott Barry Kaufman, un psicólogo que estudia inteligencia y creatividad en la Universidad de Pennsylvania y es autor del libro Ungifted (Sin talento). “Es un descubrimiento realmente importante que se deja totalmente de lado. Nuestro país tiene una visión muy estrecha de lo que cuenta como mérito”.
Por supuesto, según se amplían las definiciones de lo que es superdotación, las mediciones se vuelven más subjetivas y por ende, quizás, menos útiles. Algunos centros para niños superdotados utilizan una definición tan amplia que cualquier padre o madre orgullosa terminaría reconociendo en ella inevitablemente a su hijo. Hablamos de frases como: “tiene una gran imaginación”, “buen sentido del humor” y “muy sensible”. (*)
2. ¿Cuántos estudiantes deberían considerarse superdotados?
A efectos de políticas educativas podría ser útil pensar en el talento en relación con el resto del espectro educativo especial. Silverman expone que, al igual que los niños con puntuaciones de CI dos desviaciones estándar completas por debajo de la norma necesitan clases especiales y recursos adicionales, aquellos cuyas puntuaciones corresponden a dos desviaciones estándar por encima de la norma también las necesitan. Según ella, la población en la que deberíamos centrarnos se encuentra entre el 2,5 % y el 3 % más alto, y no entre el 5 % y el 10 %.
“Pienso que un niño dotado tiene derecho a aprender algo nuevo en la escuela cada día, y no contentarse con ayudar al profesor”. (Linda Silverman, psicóloga educacional)
Scott Peters no opina lo mismo. Es profesor de educación en la Universidad de Wisconsin-Whitewater y prepara a profesores para programas especiales para superdotados. Según él, la pregunta que todos los profesores y escuelas deberían hacerse es: “¿Cómo ayudamos a los estudiantes que ya saben lo que voy a explicar hoy?”
En una escuela en la que la mayoría de los niños acuden a la clase de refuerzo, afirma, un niño cuyo rendimiento corresponde a su nivel puede necesitar una atención especial.
3. ¿Cómo identificamos a los estudiantes superdotados?
La respuesta más común en los Estados Unidos es: primero, lo identifica el profesor o los padres; después, se hacen los tests.
Los estudiantes pertenecientes a minorías o a programas de almuerzo gratis o a un coste reducido apenas están representados en los programas para niños superdotados de todo el país. El problema comienza con este primer paso. Los padres sin estudios universitarios o que no hablan inglés pueden no ser conscientes de los distintos programas disponibles para niños superdotados. En la formación preparativa para profesores, explica Peters, se suele dedicar un día a los estudiantes superdotados, lo que no necesariamente permite reconocer el talento en los distintos modos en que se manifiesta.
Las investigaciones demuestran que realizar pruebas a todos los niños, en vez de esperar a que profesores o padres los identifiquen, da lugar a situaciones mucho más justas.
Además, los test conllevan algunos problemas, defiende Kaufman. En los test de inteligencia y otras pruebas estandarizadas se obtienen resultados que se pueden sesgar por bagaje cultural, nivel de aprendizaje del idioma y privilegios raciales o sociales. Incluso las tareas no verbales, como los puzzles, dependen mucho del bagaje cultural y la clase social.
Es frecuente utilizar una única puntuación límite como criterio, pero no se considera una práctica óptima.
Además, en la mayoría de los distritos de los Estados Unidos, los tests para estos programas se realizan antes del tercer año de la educación primaria. Los expertos consideran que hacer estas pruebas sólo en los primeros años de educación puede ser un problema, ya que las habilidades cambian con el tiempo y la práctica favorece a los estudiantes que tienen un ambiente enriquecedor en casa.
Los expertos prefieren emplear criterios y posibilidades variadas, entre otros, portafolios de experiencia artística o audiciones, entrevistas o perfiles descriptivos.
4. ¿Cuál es el mejor servicio que podemos ofrecer a los estudiantes superdotados?
Ésta es la mayor controversia en la educación de niños superdotados. Peters afirma que muchos distritos centran sus recursos en identificar a estudiantes dotados o avanzados, sin ofrecerles nada o poco para ayudarles.
“Existen casos en los que los padres se pasan años defendiendo a los estudiantes; se les hacen varias rondas de pruebas a los niños y, al final, solo se les ofrece una pequeña diferencia o una hora de tiempo en el aula especial en toda una semana”, afirma. “No es suficiente para un niño en cuarto año de primaria que debe aprender geometría”.
Aunque este énfasis en el diagnóstico por encima del tratamiento puede resultar paradójico, se ajusta a la ley:
En la mayoría de los Estados, la ley rige la identificación de estudiantes superdotados. Pero sólo en el 27 % de los distritos estudiados en un informe de 2013 había una ley estatal que regulaba la forma de agrupar a estos estudiantes, ya fuera en un programa educativo independiente, dirigiéndolos al aula especial para alguna materia concreta o diferenciándolos dentro de su clase. Y casi ningún Estado cuenta con leyes que determinen el plan de estudios de los niños superdotados.
Los estudiantes cuyos intereses y habilidades intelectuales no se corresponden con las de sus compañeros no sólo muestran la necesidad de avanzar más rápido y profundizar más, sino que a menudo tienen necesidades emocionales y sociales especiales.
“Pienso que un niño superdotado tiene derecho a aprender algo nuevo en la escuela cada día, y no contentarse con ayudar al profesor”, afirma Silverman. “Y a ser protegido del acoso de los compañeros, el abuso y las burlas”.
Ayudar a los estudiantes dotados puede requerir más o menos recursos. Pero sí exige un cambio de mentalidad hacia la idea de que “todos los niños merecen recibir estímulos”, según expone Ron Turiello.

Esto es por lo que, paradójicamente, a muchos de los expertos en educación para niños dotados a los que entrevisté no les gustaba la etiqueta “superdotado”. “En un mundo perfecto, todos los estudiantes tendrían un programa educativo individualizado”, afirma Kaufman.

En la realidad, la política educativa federal está siendo reconfigurada en torno a alguna versión de esta idea.
“Toda la era de la ley Que Ningún Niño Se Quede Atrás, e incluso antes con la primera ley de Educación Primaria y Secundaria de la década de los sesenta, se trataba de lograr que los niños terminaran los estudios con unas capacidades mínimas”, explica Peters. “Hoy en día, se observa un cambio de creencias según el cuál es necesario poder ver avances en todos los estudiantes”.
Esto significaría que, en vez de centrarse solamente en el 50 % de los niños que se encuentran por debajo del promedio, los profesores también serían responsables de la mitad que está por encima del promedio. “Es enorme. Es difícil expresar el cambio radical que esta idea conlleva”.
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(*) Desde la sección de AACC de la PLE no compartimos esta idea. Las últimas tendencias de estudiosos de los diagnósticos sobre Altas Capacidades giran en torno a la idea contraria: es mejor atender como de AACC a niños que están en el límite inferior de las AC que dejar de atender a un niño de AACC por estar mal diagnosticado. Una definición amplia nos garantiza esta atención. En nuestra experiencia en fundaciones durante más de 20 años, los padres de niños de AACC suelen asustarse ante la sospecha de que sus hijos son superdotados, en vez de sentirse orgullosos, como se pueda creer. Suelen pensar que es una fuente de problemas y exclusión y se acercan a buscar ayuda normalmente sólo cuando surgen problemas, argumentando que no han acudido antes porque temían ser unos padres demasiado entusiasmados con las características de sus hijos y que sus apreciaciones fuesen subjetivas. Un padre cuyo hijo no tiene mucha imaginación, no suele afirmar que su hijo la tiene. Además, no todos los hijos son hipersensibles a los ojos de sus padres y, más claro aún si cabe, no todos los niños tienen sentido del humor ni siquiera para sus padres.

 

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