Documental “Educación a la carta”. Conociendo a los participantes: David López Sandoval.

  • Hoy os presentamos un artículo de David López Sandoval, uno de los participantes en nuestro esperado documental. El primero en España sobre libertad educativa en toda su extensión.
  • Al final del artículo tenéis los dos vídeos de avance del documental, con los que que podréis ir abriendo boca. ¡Buen apetito!


La Educación Física es una “maría”

Esta mañana he mantenido una animada charla con un buen amigo mío, profesor de Educación Física, acerca de su asignatura. Todo ha venido a raíz del tema de las reválidas que dentro de un año la LOMCE implantará en la Secundaria y el Bachillerato (se supone). 

El hecho de que esté previsto que su materia quede excluida de esos exámenes ha suscitado una reflexión acerca de la presencia y la importancia de la Educación Física en el sistema educativo. Lejos de la monserga buenrollista que concibe su materia como una vía para el desarrollo personal, la vida saludable y bla, bla, bla, mi amigo, muy sensatamente, ha aportado una explicación que a mí me parece indiscutible: la Educación Física no tiene el peso que se merece porque, básicamente, es considerada una “maría” por todo el mundo, y ahí están incluidos también los profesores de Educación Física.

Imaginemos a un estudiante entrado en carnes, por ejemplo, y supongamos que lo está, no por problemas de salud, sino porque lleva una vida sedentaria y no se aparta ni un segundo de la pantalla del ordenador. Imaginemos luego que el chaval tiene que afrontar todo un Test de Cooper (ya sé que es algo pasado de moda, pero lo traigo a colación porque lo sufrí trágicamente en aquel heroico 1º de BUP del cretácico). ¿Qué posibilidades tendría frente a otros compañeros que estuvieran en mejor forma? Obviamente le costaría mucho más, es decir, al igual que para aprobar un control de redacción se debe estar preparado para no cometer errores gramaticales y ortográficos, tendría que entrenarse a conciencia si quisiera superarlo, y por lo tanto, en el caso que nos ocupa, bajar de peso.

Y sin embargo (ha continuado diciendo mi amigo), fíjate a qué estaría expuesto yo si actuase de manera rigurosa, tal y como se le exige a un profesor de Lengua. En primer lugar, sería rápidamente malinterpretado. En segundo lugar, se aducirían en mi contra razones que me llevarían a lidiar con el fiero morlaco de la apariencia exterior, que ahora mismo es una virtud social de primer orden. Y por último, para la mayoría (padres, inspector, compañeros incluso), si al final yo suspendiera al chico, lo habría hecho por estar gordo, no por no haberse preparado para el Test de Cooper. Es decir, lo habría discriminado cruelmente.

Mi amigo asegura que si los profesores de Educación Física se pusieran en modo sargento de hierro y empezasen a tener en cuenta marcas y resultados, su asignatura pasaría a ser la principal pesadilla de la mayoría de los estudiantes. Yo le he dicho que el mismo argumento se podía aplicar al resto de las materias, y él ha respondido que sí, que de acuerdo, pero que en el caso de la suya existe un problema añadido que la condena irremediablemente a un segundo plano. Porque, mientras que en Matemáticas o Historia las razones para suspender a un alumno son fácilmente comprendidas por todos (a pesar del pedagogismo imperante), en Educación Física la cosa es mucho más peliaguda.

Un padre es capaz de asumir con cierta normalidad que, como a su hijo no se le da bien la sintaxis, este necesita un esfuerzo extra, pero a buen seguro que pondría el grito en el cielo si el profesor de Educación Física fuese un hueso duro de roer. Esta verdad como una casa me ha hecho pensar que la asignatura de mi amigo, además de tener que soportar a duras penas la paradoja de ser una “maría” en un mundo plagado de gimnasios, es por sí misma el paradigma más revelador de esa otra gran paradoja que suscita nuestro sistema educativo: por un lado vende la moto de unos objetivos que rara vez se cumplen porque, al mismo tiempo, maniata con fuerza al profesor que los persigue. Y esas cuerdas que nos sujetan tienen muchísimos nombres. En el caso de la Educación Física es el prejuicio meramente físico, pero en el caso de las otras asignaturas son los escrúpulos ideológicos, religiosos, pedagógicos, sexuales, legales, burocráticos, etcétera, etcétera, etcétera.

Etcéteras todos ellos más largos que una meada cuesta abajo, y que han terminado convirtiendo los centros de enseñanza en templos de feo ladrillo rojo donde lo único que se hace es adorar a los todopoderosos dioses del tabú social.

* el enlace informativo al Test de Cooper es nota de la editora


Avances del documental “Libertad a la carta”

Fuente: https://lautopsia.wordpress.com/2015/09/14/la-educacion-fisica-es-una-maria/


Si haces tu aportación de 100€ o más a partir del 10 de septiembre también recibirás la copia del documental con el material extra, pero tu nombre no aparecerá en los créditos del mismo. 
_________________________________________________________________________________


HAZ TU APORTACIÓN AHORA
Puedes donar a partir de 1€
 
A petición de algunos colaboradores, comunicamos el número de cuenta de titularidad de la Asociación Española por la Libertad Educativa para que puedan hacer allí directamente sus ingresos especificando “donativo para documental” y su nombre y apellidos: 0182.6135.87.0201534224

La Ley del Silencio


Por David López Sandoval

El autor es Profesor de Lengua y Literatura y autor del blog https://lautopsia.wordpress.com 


En el instituto donde trabajo se dice que, hace cuatro años, unos estudiantes del Programa de Cualificación Profesional Inicial (PCPI) ataron a un compañero de clase a una silla y le propinaron una paliza mientras lo grababan con un móvil. Parece ser que el vídeo circuló durante varias semanas y que, gracias a ello, llegó a los padres, quienes lo pusieron en conocimiento de la dirección del centro. Aunque suene a broma, nada de lo que ocurrió a partir de entonces ha trascendido. Unos aseguran que los padres finalmente no interpusieron denuncia alguna por la mediación de la directora y las jefas de estudios. Otros dicen que los alumnos fueron expulsados unos días y que aquí paz y después gloria. ‘Aseguran’, ‘dicen’, ‘parece ser’. Todo son conjeturas. Yo me enteré meses más tarde y, tras indagar un poco, me di cuenta de que el resto de profesores también habían sido ajenos a la noticia. Días después, ya nadie se acordaba de lo que había sucedido.
Confieso que, hasta el asesinato de Abel Martínez Oliva, profesor del IES Joan Fuster, no había vuelto a pensar en aquel caso. Desde luego, no es el más grave de los que conozco, pero sí es uno de lo más paradigmáticos de esa tradicional discreción con que, por cobardía, resignación o solipsismo, se suelen llevar estos asuntos. Por ejemplo: supongo que la directora y su equipo evitó que la inspección se enterara porque así no tendría que enfrentarse a un larguísimo proceso burocrático que habría destapado la mano ancha y el miedo con que eran tratados los alumnos de aquel programa educativo, protagonistas hasta el momento de la mayoría de los casos de indisciplina. Por otra parte, la reserva de los padres y su decisión de no interponer ninguna denuncia fueron las típicas reacciones de quienes saben que, de haber hecho todo lo contrario, habrían entrado en una espiral de amenazas y no habrían llegado absolutamente a nada, pues los que torturaron a su hijo eran menores de edad. Por último, tampoco resulta extraño que ninguno de los profesores pusiera el grito en el cielo por no haber sido informado, ni que aún hoy sigamos (o queramos seguir) sin conocer qué fue lo que ocurrió en realidad, ya que el régimen educativo nos ha convertido en ectoplasmas que se cuidan mucho de hacer preguntas inadecuadas.
Mi experiencia me dice que sucesos como los del instituto donde trabajo son habituales en muchos otros centros de enseñanza españoles, y que si no sale a la luz un mayor número de ellos es por esta trituradora ley del silencio que han acabado imponiendo el cerote y la autocensura. Todos los días hay un incidente de acoso que se deja sin resolver, un insulto a algún maestro que se pasa por alto, una pelea que se graba con el móvil o un conflicto que se pretende solucionar poniendo a la misma altura a agresor y a agredido. Los dueños de las palabras y de la corrección política, los sacerdotes de las pedagogías permisivas y del rousseaunismo social han implantado un sistema en el que el castigo se sustituye por la prevención, y la responsabilidad por la dispensa, donde el menor de edad, propiedad del centro durante treinta horas a la semana, es algo así como un ídolo al que hay que apartar de la culpa, del aburrimiento y de las cosas desagradables de este mundo. Y el monstruo va haciéndose cada vez más grande, alimentado por unas directivas corrompidas hasta los tuétanos, meras correas de transmisión de las consejerías; por unos padres que, independientemente de que hayan criado a víctimas o a verdugos, han delegado toda su responsabilidad en el colegio; por unos alumnos cada vez más conscientes de sus privilegios civiles y penales, y por unos profesores sumisos que han traicionado lo más sagrado que, hasta hace unas décadas, poseían: su criterio profesional.
Por eso, tras conocer la noticia de la muerte de Abel Martínez Oliva, no he podido evitar preguntarme si el asesino de trece años estuvo alguna vez protegido por esa férrea omertà que reina hoy en la mayoría de los colegios. Hay quienes aseguran que los actos de indisciplina en el IES Joan Fuster eran habituales y que la directiva, ante cualquier conflicto entre profesores y alumnos, solía ponerse de parte de estos últimos y de sus padres, siguiendo una política hacia la que la inspección es cada vez más proclive. Otros dicen que esa es precisamente la razón de que se haya impuesto la consigna del hecho aislado y el brote psicótico. Parece ser, en definitiva, que el asesino llevaba años en tratamiento psicológico pero que en el instituto nadie lo sabía.
De nuevo ‘aseguran’, ‘dicen’, ‘parece ser’. De nuevo la confusión y el oprobio. De nuevo, como siempre y para siempre, el silencio.