Abrumando a los niños…

Experto en pedagogía Waldorf sostiene que es ridículo abrumar a los niños con notas y evaluaciones.

Por lo anterior en este método es muy importante que los niños tengan tiempo para ser niños, puedan jugar y aprender con el movimiento, lo que se contrapone al modelo de las escuelas tradicionales, donde los alumnos aprenden sentados en una silla.

Si bien la este sistema educativo es popular en Alemania y países escandinavos, cada vez gana más adeptos de todas partes del mundo.

En las escuelas Waldorf son los niños quienes llevan el ritmo del su proceso educativo, ya que aprender a leer a después de los 6 años o incluso a los 8, y mientras están en edad escolar tienen una fuerte formación artística y musical. Según los defensores, este método permite que cuando los jóvenes llegan a la universidad, su rendimiento se sitúe sobre la media.

Christopher Clouder


Christopher Clouder, profesor y escritor, y uno de los máximos expertos de la pedagogía Waldorf, cree que la educación tradicional podría quedar obsoleta en unos años. En su parecer ya se cumplió el ciclo, puesto que procede del siglo XIX. Pero de todas formas aclara que no está todo mal en ella, sino que necesita evolucionar.


Según el experto se debe poner énfasis en la autoexploración, ya que los niños necesitan que se les estimule la creatividad, el coraje y el trabajo en equipo, más que que enfocarnos en que asimilen ciertos conocimientos, ya que todo lo que nos podemos preguntar tiene una respuesta en internet.

Respecto al actual sistema educativo, Clouder sostiene que desde muy temprana edad los niños son expuestos a un entorno muy competitivo, cuando lo natural en ellos es cooperar con sus pares.

De igual forma lamenta que la gran obsesión actual sea transformar a los niños en unidades económicamente operativas en un corto plazo e indica que aunque no se presione con plazos, los niños de igual forma aprenden y más rápido de lo que todos creen, por lo que a su juicio abrumar a los chicos con exámenes y notas desde muy temprana edad es ridículo, tal como consigna cincodias.com.

Para muchos la idea pasar por la escuela y no tener exámenes, puede resultar poco efectivo, pero en las escuelas amparadas bajo este método, los niños pasan distintos retos y su meta es realizarlos cada vez mejor, ya que abogan por la autosuperación, que es algo que dura para toda la vida. Y añade que los exámenes como todos los conocemos cobran sentido cuando tienen mayor edad.

Como se mencionó anteriormente, por su contribución al desarrollo personal, el arte y la música tienen un papel fundamental en la pedagogía Waldorf. Christopher Clouder ahonda en este tema expresando que aportan armonía y todas las artes implican movimiento, agregando que cuando a los niños se les deja solos dibujan, cantan, saltan, se mueven y esto tiene una respuesta científica: el movimiento genera sinapsis en el cerebro, estimulando las conexiones neuronales.

Asimismo se ha demostrado que aquellos niños que tienen una gran educación artística, poseen una mejor salud mental, la deserción escolar disminuye, así como también el consumo de drogas.


Fuente: http://reevo.org/externo/abrumar-a-los-ninos-con-notas-y-evaluaciones-no-seria-la-mejor-tecnica-educativa-2/

Otra escuela es posible

Por Rafael Narbona



Hace unos días, encontré por casualidad mis notas de séptimo de EGB. En una sola evaluación, suspendía siete de diez materias. En Lengua Castellana y Literatura, obtenía un “Muy deficiente”, una calificación que se repetía en Matemáticas, Ciencias Naturales y Pretecnología. En esas fechas, yo tenía 13 años y era un chaval rebelde, indisciplinado, ferozmente inadaptado y reacio a cualquier forma de autoridad. Corría el año 1976 y estudiaba en un colegio de curas. Podría atribuir los mediocres resultados al sistema educativo de la España tardofranquista, pero mentiría. Simplemente, odiaba la escuela

Los 400 golpes, película de Francois Truffaut.
Cuando años más tarde, me convertí en profesor de filosofía, descubrí que mi odio no había desaparecido y que la escuela sólo era una estructura opresiva concebida para matar el espíritu. Algunos se preguntarán por qué he ejercido la enseñanza durante dos décadas. Podría responder con cinismo, alegando que necesitaba el dinero, pero no sería sincero. Me gustaba el contacto con los jóvenes y disfrutaba enseñando. Eso sí, hice todo lo posible por desviarme de las consignas de la Administración, evitando los exámenes y propiciando los debates, la lectura y el inconformismo. No sé si conseguí gran cosa, pero al menos experimenté la sensación de actuar como un piloto de combate que decide arrojar sus bombas sobre el Estado mayor que le ha enviado a masacrar a la población civil.

La educación en el hogar (homeschooling o homeschool) surgió como una alternativa a la escuela tradicional, represiva y normalizadora. Su filosofía es no imponer nada al niño, respetando su curiosidad espontánea por saber y conocer. La educación en el hogar mantiene un estrecho parentesco con la vocación pedagógica del anarquismo. Al igual que Rousseau, los anarquistas entienden que el hombre nace libre, pero la sociedad se precipita a encadenarlo para reducirlo a esclavitud y servidumbre.

La escuela tradicional se basa en un frío racionalismo que desdeña la sensibilidad y la creatividad. Su punto de partida es el pesimismo antropológico: el ser humano es malo por naturaleza y sólo la autoridad, la disciplina y la obediencia pueden erradicar su perversidad. 

La pedagogía libertaria se opone a esa interpretación, pues entiende que su intención de fondo es imponer las ideas de las clases dominantes, anulando el anhelo de libertad y el pensamiento crítico. La escuela no debe ser un instrumento de represión, sino el lugar donde se hace efectiva la libertad individual y se adquiere una conciencia insobornable, que no transige con la arbitrariedad, la intolerancia y la injusticia. La inteligencia es una variable emocional y no una escala que puede medirse con un test, cuyas preguntas están orientadas a establecer el grado de adaptación a un modelo educativo y social.

La Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia promovía una enseñanza libre, laica y plural. Su objetivo era el desarrollo integral del niño, respetando su peculiaridad y fomentando una convivencia solidaria y libre de competitividad. Acusado de instigar la Semana Trágica de Barcelona, Ferrer Guardia fue fusilado el 13 de octubre de 1909 en el castillo de Montjuic, pese a no mantener ninguna relación con los hechos. No se le mató por conspirador, sino por encarnar la posibilidad de una enseñanza alternativa, libre de la tutela de la Iglesia católica y el Estado.

Leon Tòlstoi
León Tolstoi también suscribió las teorías de la pedagogía libertaria. Fundó la escuela de Yásnia Poliana inspirado por la idea de que “el ser humano sólo puede llegar a ser feliz, ayudando a los demás”. Su utopía pedagógica mezclaba pacifismo, anarquismo, vegetarianismo y cristianismo primitivo. Sólo una escuela libre, popular, abierta y sin distinción de sexos ni clases sociales, puede librar a la humanidad de vivir esclavizada por la barbarie capitalista. Tolstoi escribió un diario que refleja su experiencia como maestro. De entrada, descarta toda idea preconcebida, pues entiende que debe adaptarse a sus alumnos, preservando a cualquier precio su espontaneidad

La asistencia no es obligatoria, no hay exámenes y el papel del maestro debe limitarse a despertar el interés por las artes y las ciencias.  No hay que preocuparse por la algarabía y el desorden, pues son dos rasgos de la infancia y no hay nada perverso en esas inclinaciones. Reprimirlos es una forma de destruir su inocencia. La misión del maestro es que los alumnos escojan libremente el camino de su desarrollo personal y eso sólo puede lograrse transformando la escuela en un lugar sin criterios selectivos y discriminatorios. Es evidente que en los tiempos actuales ninguna escuela contrataría a Tolstoi como profesor y, si por azar hubiera llegado a ejercer la docencia, no habría tardado en ser expedientado y expulsado del cuerpo, alegando que incumplía los programas y no mantenía la disciplina. No hay que extrañarse. La escuela de Yásnia Poliana fue cerrada por el gobierno zarista, pues advirtió que constituía un riesgo para el poder autoritario. Ese mismo temor pervive en nuestros días.

En el principio del siglo XXI, la escuela sigue desempeñando una función represiva. Las famosas programaciones oficiales y las pruebas o evaluaciones externas (reválidas, selectividad, controles de calidad) sólo son una herramienta al servicio de una sociedad unidimensional, donde el individuo vive bajo la coacción del poder político y financiero, que divide a la humanidad en capital variable (o fuerza de trabajo, con un coste oscilante) y seres improductivos, abocados a la pobreza, la exclusión y la marginación. ¿Acaso todos han olvidado las analogías entre la escuela, el manicomio y la cárcel apuntadas por Deleuze, Foucault y Alice Miller? ¿Nadie recuerda que las escuelas imitan el modelo de la fábrica, con pupitres alineados, donde el trabajador realiza una tarea mecánica y embrutecedora? ¿No es inhumano obligar a los alumnos a adoptar una posición pasiva de escucha, asimilación y reproducción de contenidos? ¿Acaso lo soportaría un adulto? ¿Por qué no se adopta un modelo asambleario basado en la autogestión? ¿Tal vez porque resulta inaceptable en el marco de una empresa, donde la libertad y los derechos del trabajador son irrelevantes? Al ser interrogado sobre las analogías entre la escuela, el manicomio y la cárcel, Foucault responde: “…no se puede decir que hay analogía, hay identidad. […]

Es interesante ver que, hasta cierto punto, dirigen su rebeldía en una misma dirección los enfermos de los hospitales psiquiátricos, los presos en sus cárceles, los escolares en sus institutos. Llevan a cabo una misma revuelta, en cierto sentido, porque se rebelan contra el mismo tipo de poder”. (Michel Foucault, Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, 1981).

En los años ochenta, se empezó a hablar de educar en la libertad y para la libertad. 
En España, se acometieron ciertas reformas, intentando transformar al maestro en educador, pero casi ningún profesor aceptó ese papel y la gran mayoría hizo todo lo posible para boicotear la reforma. La contrarreforma no tardó en llegar, con un nuevo lema: “Cultura del esfuerzo”, una consigna que apareció acompañada con las nociones de mérito, excelencia y competitividad. Las recientes huelgas de profesores no surgieron para protestar por el regreso a una enseñanza elitista, sino por las bajadas salariales impuestas por la crisis y por el aumento del número de alumnos por aula, que puede acarrear una carga de trabajo insostenible, con 250 alumnos por docente. Nunca he oído una voz crítica contra el sistema. Durante dos décadas de evaluaciones, pasillos y charlas de cafetería, sólo he escuchado a profesores quejándose de sus alumnos, con los mismos argumentos de generaciones anteriores: “Son unos vagos, unos maleducados, unos insolentes, unos maleantes”. Los alumnos no hablan mejor de sus profesores y no puedo recriminárselo. Me pregunto si alguna vez alguien se ha planteado que el sistema educativo está diseñado como un escenario de confrontación. Es imposible una convivencia armónica y mutuamente enriquecedora, cuando el trabajo del docente consiste en vigilar, clasificar y castigar. Muchos alumnos se rebelan, a veces con una actitud nihilista y sin una conciencia clara de los motivos de su malestar, y muchos profesores lamentan que hayan desaparecido los castigos físicos, a veces con tono irónico, pero con una sincera nostalgia reprimida por los convencionalismos sociales.

Al igual que algunos corredores de Fórmula 1, yo finalicé la EGB y el BUP con increíbles remontadas. Salvo las inevitables citas de septiembre con las matemáticas, pasé curso tras curso y entré en la universidad. En la Facultad de Filosofía, las cosas me marcharon mejor, pues mi expediente académico me permitió acceder a una beca de formación de personal investigador. Más tarde, aprobé las oposiciones de instituto con el número uno, obteniendo unas calificaciones que me situaban a milésimas del 10.  No estoy utilizando una licencia poética, sino un hecho que puede constatarse en el Boletín Oficial de la Comunidad de Madrid de 2000. ¿Significa esto que fui un adolescente irresponsable y un joven estudioso y trabajador? En absoluto. Simplemente, me adapté al sistema por miedo a la exclusión social. Durante mis años de docente, intenté seguir el consejo de Foucault: “En la medida en que el secreto es una de las formas importantes de poder político, la revelación de lo que ocurre, la denuncia desde el interior, es algo políticamente importante”. La fórmula es buena, pero inaplicable cuando todos tus compañeros actúan como una horda que se refuerza mutuamente mediante el odio hacia el enemigo, que en este caso es el alumno. 
No soy un ingenuo. No creo que los alumnos sean el buen salvaje de Rousseau. Muchos llegan a la escuela con la cabeza llenas de prejuicios racistas, machistas y homófobos, casi siempre sembrados por esos padres que reclaman en exclusividad el papel de educadores. La tensión entre profesores y alumnos siempre hace más daño a los más vulnerables. He trabajado con docentes que sufrían alguna discapacidad física o que simplemente eran tímidos o inseguros. Puedo testificar que han padecido un infierno en el aula, soportando toda clase de agravios. Los alumnos con discapacidades también sufren las befas de sus compañeros o, sencillamente, un doloroso aislamiento. Recuerdo a una niña de doce o trece años con parálisis cerebral que pasaba el recreo en un rincón, sin que nadie se acercara a hablar con ella. Incluso presencié cómo dos alumnos le propinaban golpecitos en la silla de ruedas para provocarle un “gracioso” espasmo. Un sistema diabólico produce conductas diabólicas y la escuela sólo es el reflejo de una sociedad cruel, desigual y profundamente insolidaria.

La mayoría de los profesores no son conscientes de su verdadera función social o no les molesta. Las voces críticas son minoritarias y suelen acallarse mediante represalias de la Administración o cuadros de acoso laboral, a veces promovidos por sus propios compañeros. En los últimos cuatro años, la caza de brujas se ha incrementado hasta niveles insospechados, con expedientes, cambios de destino o intimidaciones verbales. La inspección y los equipos directivos han sido depurados y reemplazados, con la intención de neutralizar cualquier forma de protesta o disidencia. La crisis económica ha provocado una oleada de indignación que ha incendiado las mentes. Algunos fantasean con levantar guillotinas y descabezar a políticos y banqueros. Creo que sería más inteligente crear nuevas alternativas mediante la reflexión y la autocrítica. Los cambios –si se producen- no procederán de los profesores integrados en el sistema, sino de las escasas voces críticas que ya han puesto en marcha experiencias innovadoras. No podemos mirar al futuro con pesimismo, pues la misión del maestro consiste en transmitir esperanza, enseñado que cambiar las cosas es posible.

Saber cómo saber

Saber cómo saber, la clave para la educación escolar.


Por Rogelio López Garrido



El futuro de un estudiante hoy en día es una incertidumbre… Hay cosas curiosas en el campo de la educación que podrían ser noticia, como el existente y altísimo porcentaje de estudiantes que confiesa sentirse completamente inseguro en la recta final de su carrera. Temen por su futuro, no creen que puedan desempeñar un trabajo dentro del campo que han estudiado. Hoy tan sólo un 15% de los que inician su educación escolar alcanzan el final de carrera. Y los que lo hacen tan solo un 5% logra desempeñar un trabajo relacionado con lo que ha estudiado.

El propósito con el que un estudiante comienza su largo caminar escolar y universitario se va perdiendo proporcionalmente a la cantidad de información que recibe y almacena en su mente sin haberla digerido, y por supuesto con la incertidumbre de no haber comprobado la veracidad de esa información. Sin darnos cuenta y de esta manera alzamos a los estudiantes a las nubes y los alejamos de la realidad.





Jornadas de educación activa, viva y no directiva. Castellón, 7 y 8 de noviembre.

“Con estas Jornadas se pretende crear puentes de conocimiento para acceder a realidades, proyectos y formas de entender la educación que parten, todas ellas, del respeto a los procesos madurativos que marcan el aprendizaje de los niños y niñas, así como potenciar un diálogo que aproxime las líneas de investigación universitarias a esta realidad pedagógica que gana presencia de forma exponencial.
Se presentan diferentes propuestas educativas que permitirán a estudiantes, profesionales de la psicología y la educación, familias con hijos e hijas en edad escolar, y a toda aquella persona interesada en la educación conocer alternativas al proceso escolar tradicional, y reflexionar sobre el porqué y para qué de las mismas.”

El tipo de enseñanza que me gusta impartir. Por David Friedman.

David Friedman

Soy economista académico, doy clases en una escuela de Derecho, nunca he tomado un curso para obtener grados en ningún campo.

Mis intereses incluyen poesía, cocina medieval, ciencia ficción y fantasía, ordenadores y mucho más.

También escribo libros.


Mi universidad tiene un programa de educación para adultos en el que acabo de terminar de impartir un curso: una versión abreviada de mi seminario en sistemas legales, muy diferente del nuestro. Consta de cuatro conferencias, cada una de dos horas y media de duración. Los lectores interesados pueden encontrar las grabaciones de parte de la tercera conferencia y la cuarta por completo en la webpage de la clase. Ha sido muy divertido.
Existen dos importantes diferencias entre esas clases y la mayoría de las clases que he impartido. La primera fue que no había nadie ahí que no estuviese interesado en lo que yo estaba impartiendo, puesto que la clase no cumplía con ningún requerimiento para obtener un título. La segunda fue que no tuve que calificar a los estudiantes. Esto eliminó las dos características menos atractivas de la enseñanza tradicional. Mi clase ideal habría tenido una especie de examen al final que me proveyera de retroalimentación en cuanto a la calidad del trabajo que yo hice, cuánto de lo que quise enseñar a los estudiantes han aprendido, pero no un examen que arrojara una calificación.
Cada año imparto cerca de diez clases más cortas del mismo tipo, bajo distintas circunstancias. El escenario es la Guerra Pennsica, un evento de recreación histórica anual de dos semanas de duración, realizado en un parque privado de Pennsylvania. La asistencia al evento supera las diez mil personas. Mis clases -la mayoría de una hora de duración- tratan sobre la recreación histórica medieval: cómo cocinar un plato de la época, fabricar una armadura de cuero endurecido, contar una historia de la época de un modo que recree la ilusión de un contador de historias medieval dirigiéndose a una audiencia medieval. Mis clases forman parte de las cerca de mil clases que la Universidad Pénsica ofrece cada año, todas dictadas por profesores voluntarios a estudiantes voluntarios. Nadie asiste para recibir títulos y nadie está ahí para otorgarlos.
Todo lo que sugiere que tal vez haya algo equivocado con el modelo más convencional empleado para la mayoría del aprendizaje, desde el jardín de infancia hasta la universidad.


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Si quieres, puedes también leer la entrevista al profesor Friedman publicada en este mismo blog.