Matar a un profesor

Por Diana de Horna

Así que tuvo que ser una niña de ocho años la que los hiciera recapacitar… Eso demuestra una cosa: que se puede frenar a una jauría de animales, sencillamente porque siguen siendo seres humanos. Humm… quizás lo que nos haga falta sea un cuerpo de policía integrado por niños.

— Harper Lee: Matar a un ruiseñor
En un país que se diría “civilizado” hay una escuela donde es fácil eliminar a un profesor: hacer que desaparezca, que nunca más vuelva a pisar el aula. Basta con que, reunidos en asamblea, los chicos y chicas (menores todos de 18 años) voten mayoritariamente en contra de renovar su contrato el curso siguiente. ¿Sobrevive alguno de los profesores a semejante pelotón de fusilamiento? La respuesta es que sí, que la gran mayoría no sólo sobrevive sino que además pasa muchos años acompañando a estos chicos y chicas que un día decidieron contratarles porque confiaron en ellos. En esa escuela, Sudbury Valley, que existe desde 1968, los adultos tienen muy claro que están allí no tanto por lo que saben, sino por “quiénes son”1.
No hace mucho, en el programa de televisión Para todos la dos, se les preguntaba a un grupo de niñas y niños cómo querrían que fuera un profesor. Y los niños dijeron cosas tan importantes (y a veces tan olvidadas) como éstas: alguien que escucha, que da un modelo a seguir, que siempre te ayuda cuando lo necesitas, que no grita. Alguien que nos quiere. Alguien que se suelta un poco, que te ayuda en cualquier cosa, que te da oportunidades cuando “te portas mal”. Creo que las razones que darían los estudiantes de Sudbury Valley para contratar a uno de sus profesores sonarían muy parecidas, porque son razones del corazón.
Pero la escuela como la hemos conocido casi todos y todas no ha tenido nunca en cuenta qué queríamos ni qué necesitábamos como niños. Mucho menos qué sentíamos. Y ese pequeño gran universo, perdido a los ojos del adulto, se convirtió en una terra incognita en la que los profesores no debían (ni sabían) adentrarse. Su labor era algo muy apartado del mundo emocional de los estudiantes, porque el maestro, el profesor, era ante todo un transmisor de conocimientos2. Conocimientos que, como los niños, no participaba en crear y que se limitaba a repetir. Conocimientos alejados tantas veces de las vidas y de los anhelos infantiles. Y la brecha se abrió.

Nunca llegas a comprender de verdad a una persona hasta que miras el mundo desde su punto de vista… hasta que te metes en su piel y caminas en ella.

— Harper Lee: Matar a un ruiseñor
Esa escuela diseñada desde la mirada adulta divide lo que antes no estaba separado: divide a los niños en grupos de edades (lo que se conoce como “cursos”), divide la realidad en asignaturas, divide el aprendizaje en útil (lo que la escuela enseña) y ocioso (todo lo demás), divide a los alumnos y alumnas en buenos y malos estudiantes, y divide a las personas en niños (quienes no tienen voz) y adultos3. Muchos teóricos críticos con el sistema educativo y cercanos a la pedagogía libertaria y humanista han comparado el papel del profesor con el del carcelero4. Quizás porque para retener a un niño allí donde no se siente querido, ni escuchado, donde se le habla a gritos, y donde no recibe ayuda sino juicios, realmente hace falta la labor de un can cerbero.
Las cosas no han cambiado tanto. Los niños y niñas siguen pidiendo, esperando, cosas que a veces los adultos, dentro y fuera de la escuela, no sabemos o no podemos darles. Ahora, además, muchos profesores sienten que han perdido autoridad en el aula, que no se les respeta. Aquello que aprendieron en las facultades de educación, basado en un modelo tácitamente autoritario, hace aguas mientras el único bote salvavidas que nos permitiría refugiarnos y protegernos unos a otros, la empatía, se aleja mar adentro. En la base de todo sigue estando el desconocimiento mutuo y el analfabetismo emocional al que nos ha condenado una sociedad mecanicista, competitiva, utilitarista, que nos distancia de los sentimientos propios y ajenos, y que rehúye la autocrítica. Así la brecha crece, se ensancha. 

No tengan vergüenza de no saber, no traten de patear la pelota afuera, no digan cualquier cosa por miedo a pasar por burros. Pero sobre todo, y esto es fundamental, no silencien a los alumnos.

— Paulo Freire
Hace unas semanas, en un país que se diría “civilizado”, el nuestro, hemos comprobado que es fácil eliminar a un profesor: hacer que desaparezca, que nunca más vuelva a pisar el aula. Nunca más. Abel Martínez Oliva murió apuñalado por un alumno de 13 años. Su muerte puede que haya sido inevitable, pero no deberíamos permitir que fuera inútil, porque nos obliga a repensar cómo criamos, cómo educamos, cómo nos relacionamos, cómo vivimos.
El poeta Edwin Brock escribió que hay muchas maneras engorrosas de matar a un hombre. Hay también muchas maneras de matar a un profesor: aumentar demencialmente las ratios, masificar las aulas, recortar las plantillas, eliminar recursos y posibilidades de formación, aumentar la presión mediante ránkings y evaluaciones externas, reducir el valor de la enseñanza a la nota de un examen… Parafraseando a Brock, estos son, como dije antes, métodos engorrosos para matar a un profesor. Más sencillo, directo, y mucho más limpio es asegurarse de que enseña en alguna escuela del siglo veinte (o de lo que va del veintiuno), y ahí dejarlo. Con un poco de suerte, ya el propio sistema educativo, con su normatividad, su rutina, su papel pautado y su pérdida de humanidad, se encargará de borrar cualquier rastro de vocación… y de vida.
La imagen del profesor o profesora como mero transmisor de conocimientos, aséptico y emocionalmente distante, es no sólo obsoleta sino peligrosa: para los alumnos, inmersos en una sociedad que los cosifica, pero también para el propio profesorado, asfixiado por el estrés, la fatiga, y otros síntomas psicológicos. Las emociones, como el barro del que tantas veces queremos apartar a los niños, manchan: impregnan todo, tiñen y ridiculizan nuestra apariencia de “respetabilidad”. Pero para aprender a manejarlas y conocerlas debemos haber podido tocarlas, verlas, trabajar con ellas sin miedos. De lo contrario, podemos acabar hundiéndonos en ellas, y hundiendo a quienes nos rodean. “No hacen falta más normas, ya tenemos la Lomce, los planes de convivencia, de diversidad, consejos escolares… Lo que necesitamos es una educación integral, aprender a vivir juntos”, dice María Antonia Casanova, profesora de la Universidad Camilo José Cela. Y lo recalca David Jurado, el profesor que logró poner fin a la tragedia del instituto Joan Fuster:  “Más humanidad y menos normas”. 
Para “aprender a vivir juntos” tenemos primero de todo que escucharnos, que devolverle la “humanidad” a la educación. Justo eso es lo que nos están pidiendo los niños y jóvenes, que les escuchemos, que nos pongamos en su piel. No es fácil, hay que darle la vuelta a la escuela como la entendemos, ponerla patas arriba y hacer un ejercicio de introspección que nos aparte de los prejuicios y de los roles aprendidos. No todo el mundo estará dispuesto a hacerlo: “Es más fácil dejarse llevar, pero solo a los peces muertos los arrastra la corriente”, apunta Miguel Ángel Santos Guerra. Está en manos de quienes seguimos vivos, vivas, comprometernos con un cambio. Si nos resignamos, si dejamos que la corriente sea más fuerte, estaremos permitiendo que la muerte se lleve, también, algo precioso que podemos darle a los demás: nuestra voz. No una voz mecánica, aprendida, repetitiva, sino nuestra auténtica voz.

Notas:
1 Entrevista a Mimsy Sadofsky, fundadora y acompañante de Sudbury Valley School.
2 El “conocimiento”, sobre todo desde la Ilustración, se ha entendido a menudo como un cuerpo de información monolítico, inmutable, objetivo y asimilable a la “verdad”, y que podía ser comunicado de forma unilateral, y retenido, memorizado, por el alumno, quien no participaba ni tenía papel alguno en su construcción. La idea de que el educador transmite mucho más de lo que “enseña”, o la existencia de un “currículum oculto” suponen un reto a esa concepción racionalista.
3 Para profundizar un poco en cómo ocurre esto es muy recomendable la lectura de estaentrevista al profesor de didáctica Miguel Ángel Santos Guerra.
4 Deleuze, Foucault, Alice Miller… al respecto os recomendamos el artículo de Rafael NarbonaOtra escuela es posible.


Las altas capacidades en el cine: taller para familias

En esta ocasión, desde la sección de Altas capacidades de PLE queremos compartir un proyecto que nos parece muy interesante. Está organizado por la Asociación Noroestede Madrid de Altas Capacidades, en colaboración con la Escuela de Pensamiento matemático Miguel de Guzmán.
La Asociación Noroeste de Madrid de Altas Capacidades presenta el Taller para familias
Diálogos mente y cine
Con este taller queremos ofrecer un espacio en el que se unan creatividad y ocio a través de nuestra herramienta más valiosa como seres humanos, la mente, y una de las expresiones artísticas que siguen emocionando a un mayor número de espectadores alrededor del mundo: el cine. 
Para ello os proponemos el visionado de películas completas mediante el cuál vamos a poder emocionarnos con una serie de historias en las que el protagonismo residirá siempre en personajes que muestran capacidades especiales (emocionales y mentales) para enfrentarse a los misterios y dificultades de la vida. En este sentido, este taller está especialmente indicado para familias en las que se hayan detectado niños con altas capacidades intelectuales. 
Tras el visionado llevaremos a cabo una serie de actividades en las que participarán conjuntamente tanto hijos como padres, siempre tomando como punto de partida las películas y los temas interesantes que nos planteen. Así, por una parte, buscaremos el diálogo entre la mente de nuestros hijos y las problemáticas que estas películas plantean y, al mismo tiempo, ofreceremos pistas y metodologías para que los padres puedan seguir disfrutando y analizando las películas con sus hijos en el hogar.
Dirigirá las sesiones Lorenzo J. Torres Hortelano, profesor titular de Comunicación Audiovisual en la Universidad ReyJuan Carlos.
La primera sesión será el 9 de mayo de 2015, de 17h a 20h
Película: Un puente hacia Terabithia / Bridge to Terabithia (Gabor Csupo, 2007, EEUU, película apta para todas las edades, 95′, v.e.).
 
 
Lugar: Escuela de Pensamiento Matemático de Torrelodones, Avenida de Rosario Manzaneque 12, Torrelodones.
Coste: 6 € por adulto, socios asociación 5€, los niños gratis acompañados de un adulto.
Isabel Lorenzo Bahamonde
Asociación Noroeste de Madrid de Altas Capacidades  – 639447506
Colabora:
Escuela de Pensamiento Matemático
 
 
La Escuela de Pensamiento Matemático Miguel de Guzmán está pensada para que niños de alta capacidad de razonamiento se beneficien de unos métodos de enseñanza a su medida, compartan estímulos con compañeros de su mismo nivel, se diviertan y se sientan felices, según reza en su página web:
Si alguna familia está interesada en estos especiales cursos de matemáticas o los de robótica o compumática que ofrecen, ahí encontrarán amplia información.  

La lección de Erin

Por Laura Mascaró
Erin Gruwell quería cambiar el mundo. Quería estudiar Derecho y ayudar a los jóvenes delincuentes a rehacer sus vidas. Pero un día se dio cuenta de que sería mucho más efectivo trabajar con los jóvenes antes de que llegaran a convertirse en delincuentes. Así que se convirtió en profesora y comenzó a trabajar en un colegio de integración, donde habían llegado chicos de barrios marginales, pobres, inmigrantes, con todo tipo de problemas y de donde finalmente los buenos estudiantes se habían ido.
Tal vez no sabía donde se metía. Lo único que sus alumnos tenían en común era que la odiaban a ella. Por ser blanca, por ser estadounidense, por tener un origen diferente al de ellos y por tener valores diferentes. Eso, y que nunca habían leído un libro (ni tenían intención de hacerlo), que no querían estudiar y que estaban convencidos de que no eran capaces de aprender, de que acabarían en la cárcel o muertos antes de cumplir 20 años.
Así que ése era el panorama que Erin tenía delante: unos jóvenes que la odiaban, que no querían estar allí, y una escuela que no le proporcionaba ningún tipo de material ni de apoyo.  Pero ella se propuso darles una segunda oportunidad. Trató de conocerlos y de convencerles de que ellos tenían una historia que contar.
Consiguió que leyeran “El diario de Anna Frank” y que escribieran sus propios diarios. Les dio papel y bolígrafo para que pudieran escribir sus historias y reescribir sus finales. Consiguió que tuvieran sueños y esperanzas, que creyeran en su propio potencial y que creyeran que había más salidas para ellos que la cárcel  o la tumba. Consiguió que conocieran el poder de la palabra y de las historias. Y lo hizo sin apoyos, sin materiales, sin una programación ni una guía. Lo hizo conociendo a sus alumnos, alineándose con sus valores y haciéndoles ver  que podían dar voz a los que no tenían voz y esperanza a los que no la tenían.
“¿Por qué no me dijiste que Anna Frank no sobrevive?”, le recriminó una de sus alumnas. A lo que un compañero contestó: “Sí sobrevive. Sobrevive porque escribió su historia. ¿A cuánta gente conoces a la que han matado y de la que nadie sabe nada, porque nadie escribió sobre ellos?”
Erin considera que es una profesora normal que vivió una experiencia extraordinaria. Sinceramente pienso que un “profesor normal” se habría limitado a seguir las directrices del colegio, haciendo las funciones de guardería hasta que los chicos dejaran de ir a la escuela, sin pretender que aprendieran absolutamente nada porque ya habían sido etiquetados como no aptos.
La señorita Gruwell y sus alumnos crearon la Freedom Writers Foundation y se dedican a hacer talleres, seminarios y conferencias en colegios para que su ejemplo se extienda y logren, así, su sueño de cambiar el mundo (que de todos modos Erin ya consiguió al cambiar el futuro de sus alumnos y darles una segunda oportunidad). Su visión es muy clara: el mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada. Así que, si te consideras una buena persona, simplemente HAZ algo para cambiar el mundo y evitar que el mal triunfe.
Si queréis conocer más detalles sobre la historia de Erin Gruwell podéis ver sus charlas en TED Talks o la película “The Freedom Writers” protagonizada por Hilary Swank.
–> Hazte simpatizante enviando un email a ple_simpatizantes(arroba)getresponse.com. Es GRATUITO.

Educación y palomitas – por María Pérez


http://www.libertadeducativa.org/p/autores-invitados.html





Hace poco leí un artículo donde recomendaban diferentes películas sobre educación (entre ellas la archiconocida “El club de los poetas muertos” y otras que ahora forman parte de mi lista de “pendientes”). En cualquier caso, me propusieron completarla con algunas que son un referente para mí, así que allá voy.

Diarios de la calle: basada en la historia real de Erin Gruwell, una profesora que empieza su carrera docente en un instituto en una zona en riesgo de exclusión social. La película muestra perfectamente la evolución de la clase conforme se descubre a la persona “detrás” del alumno, llegando a conectar la realidad de la clase con la del holocausto nazi. Reflexiva y entretenida al mismo tiempo; incluye algunas técnicas interesantes, como la línea en el suelo o los 3 segundos de caos.

Won’t back down: muestra el sistema educativo de una forma tan completa que me sorprende que haya podido pasar tan desapercibida. Cuenta la historia real de Jamie, madre de una niña disléxica matriculada en una escuela abandonada por las autoridades educativas, su tenacidad por darle una educación mejor a su hija arrastrará a una profesora, también madre, ahogada y desmotiva por la burocracia. Juntas se enfrentarán a la administración educativa y los sindicatos de profesores. Apunta a la maternidad como la fuente del cambio educativo.

La ola: inspirada en un experimento que se llevó a cabo en California en 1967. Ante la dificultad de sus alumnos para entender por qué la población de Alemania permitió las atrocidades del régimen nazi, su profesor decidió mostrarles hasta qué punto podía modelar su conducta y sentido de pertenencia a un grupo introduciendo pequeños cambios en clase. El experimento tuvo que ser suspendido al quinto día porque el grupo estaba asumiendo tan bien su papel que escapaba al control del profesor. Es, en definitiva, una prueba del poder de control social al que puede llegar la escuela.

Little red flowers: una traducción libre podría ser “la guerra de las caritas sonrientes”. Cuenta la vida en un internado chino, donde los niños que se comportan de acuerdo a las normas establecidas reciben como premio una flor roja. Este sistema, acaba imponiendo un ambiente de violenta competitividad entre los niños, que llegan a crear élites y grupos de marginados en función de la cantidad de flores que poseen.

Cinema Paradiso: más allá de su banda sonora y su romanticismo, esta película trata sobre una pasión y una relación de aprendizaje. Hoy en día, Alfredo y Totó no habrían tenido la más mínima oportunidad de relacionarse, debido a la asfixiante normativa que regula cada ámbito de lo educativo. Es una película que habla del aprendizaje real, PARA la vida y EN la vida, un aprendizaje que involucra emociones y a las personas más inesperadas.

Espero que las encontréis interesantes, a mí me han ayudado a mirar con otra perspectiva el mundo educativo y el mundo en general, porque cuando te apasiona aprender, los límites de dónde y cuándo hacerlo se vuelven muy borrosos…

María Pérez
Educadora social y pastelera.